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La guerra de las diferencias...II

lunes 19 de enero de 2009

Palestina me causa especial fascinación. Quisiera un día recorrer las calles de Ramala o Hebron, pero Ramzi me dijo que no podría ser, no así tan fácil y menos porque parezco árabe. Terminamos aquel workcamp y todos queríamos volver a vernos algún día. Yo me reecontre con los rusos tres veranos después, con la inglesa y el francés solo hizo falta un verano. Pero con Ramzi, todos le dijimos más adiós, que hasta luego. Recuerdo esa conversación sobre ir a verle, a las chicas de entrada nos dijo que no. Que era muy peligroso y que no podía cuidarnos. A los chicos todavía les dio más posibilidades, que tal vez fueran a Jordania y el podía ir a buscarlos a la frontera, a veces se podía cruzar sin tanto problema. O que entraran a Israel, pero entonces, no sería tan fácil entrar a la zona Palestina. Problemas políticos y de seguridad, decía. Ramzi era un chico de piel apiñonada y ojos color miel, a mí siempre me parecía uno de esos panecillos tan dulces que bañaban en caramelo los marroquíes de mi barrio. Era un chico lindo pero tosco, lo veíamos rezar varias veces al día. Y seguía sus tradiciones lo más apegadamente posible. Tanto, que un día nos descubrió usando vinagre de vino y no comió. Nos sentimos culpables y prometimos buscarle carne halal para compensar. No tuvimos éxito, ninguna tienda en la campiña francesa tenia ese tipo de carne. Habría que buscar en ciudades más grandes, donde hubiera emigrantes, nos dijeron. Así que Ramzi se propuso para matar al animal bajo las prácticas permitidas por su religión, sería más fácil comprar un animal vivo. Unos vecinos el pueblo nos vendieron un conejo, que no lloró -por cierto- cuando lo mataron. Pero solo Ramzi y uno que otro insensible comió conejo. Yo no. Horas antes había estado jugando con la comida, no pude. Desde que nos despedimos, seguido pienso en el destino de Ramzi. Ni siquiera nos dio una dirección. Nos explicó que seria inútil, él cambiaba de casa cada dos por tres. Siempre las destruían o tenían que salir de allí cuando llegaba el ejercito israelí a ocupar. Nadie sabe que pasó con el chico de ojos color miel, pero las guerras son mas sentidas cuando sabes que hay alguien cercano.


Entre mis curiosidades encontré este libro de relatos palestinos, que un día compré en algún bazar. Me hace recordar como Ramzi nos describía esos cielos llenos de luces y ruidos ensordecedores. De como eramos tan afortunados de no tener el corazón en una zona tan conflictiva.

Les dejo un cuento corto que viene dentro de este libro. En Quince relatos muy cortos de Mahmud Shuqair

VIAJE

La joven aguarda cada tarde el tren de las seis.

Contempla a los viajeros que miran tras las ventanillas. En su interior surge un anhelo por lejanos recorridos.

El padre cuida por la tarde el pequeño huerto. No levanta la cabeza hacia el tren que pasa con regularidad.

El perro está echado junto a la valla. Sin moverse de su sitio lanza ladridos entrecortados para mostrar que tiene una misión que cumplir y, luego, queda en silencio como presto a cualquier posibilidad.

La joven, una tarde, sube al tren y se marcha lejos.

El padre, una noche, muere dejando al perro solo en el exterior de la casa.


2 comentarios:

190.arch dijo...

Qué fuerte ser palestino, yo no sé si podría.
Y cómo está Ramzi?

La SandY dijo...

Nadie sabe de él. Es un misterio para los que seguimos en contacto.